10º International Wine Contest Bucharest 2013

 Publicado el Por John Umberto Salvi

Es posible que lo más apasionante y emocionante de mi visita a Rumanía, este pasado mes de mayo, para participar como jurado en el 10º International Wine Contest Bucharest (IWCB), fuera el auténtico progreso que constaté respecto a mi primera visita, tanto en lo referente a los vinos, como en muchos otros aspectos.
Mi primer viaje a Rumanía, con una elevada carga emocional, fue a petición del ministro rumano de Agricultura, a la semana de la muerte de Nicolae Ceaușescu: los tanques todavía rodeaban el aeropuerto y el barrio universitario, no había nada que comer, salvo queso, cerdo y huevos, y la gran mayoría del vino que se elaboraba era tinto, con entre 15 y 25 gramos de azúcar, al gusto del mercado ruso.
La siguiente ocasión fue cuando acudí como jurado de un concurso organizado por el emblemático Valeriu Cotea. En esta visita catamos algunos vinos rumanos de calidad, pero relativamente pocos, principalmente de la variedad Feteasca blanca y tinta, y algunos buenos vinos dulces.
Ahora, en la que es mi quinta visita, y la segunda vez que acudo al IWCB, la mayoría de los vinos rumanos estaba a la altura de los de cualquier país productor y un buen número de ellos era de nivel internacional. Toda una transformación.
Este concurso, perfectamente engrasado, se desarrolló en Bucarest, en la enorme e imponente Biblioteca Nacional de Rumanía. Estuvimos alojados con el mayor confort posible en el Hotel Royal, a apenas 200 metros de la Biblioteca Nacional. La primera noche se organizó una cena de bienvenida en el hotel, para conocer a los organizadores y al resto de jurados, con un deslumbrante repertorio de vinos rumanos.
El concurso contó con el patronazgo de la OIV y el observador de este organismo fue Gheorghe Arpentin, de Moldavia, a quien conocí durante el concurso en Chisinau (recientemente publicado en SeVi). Fuimos 11 jueces internacionales, se cumplieron a rajatabla las normas de la OIV y se emplearon las fichas de cata de la OIV/UIO. Esto supuso que cada jurado de cinco catadores estuviera compuesto por tres jueces internacionales y dos rumanos. Me correspondió ser presidente de uno de los tres jurados y mis dos jueces rumanos fueron un enólogo y un reputado elaborador de vino. Como he dicho antes, fuimos tres jurados de cinco jueces, pero también hubo un jurado de blogueros, aunque sus puntuaciones no se tuvieron en cuenta para las medallas. Las notas más extremas se descartaron y se hizo la media de las tres puntuaciones restantes.
Las condiciones de cata fueron excelentes. Una gran sala en la biblioteca, con mesas individuales para cada catador, buena iluminación, estancia fresca y ventilada, buenas copas (cuatro por juez), escupideras, pan, mantelería blanca, sillas cómodas y un servicio eficaz a cargo de la Asociación Rumana de Sumilleres.
Hubo 541 muestras para catar durante cuatro días, lo que nos dejó unos 50 vinos por día durante las tres primeras jornadas y algo menos en la cuarta. El 40% de los vinos procedía de fuera de Rumanía y, contando al país anfitrión, participaron vinos de 18 países. Cada uno de los jueces internacionales éramos de un país distinto. Cuento todo esto para mostrar que se trata de un concurso ciertamente internacional y no un concurso rumano con un poco de apoyo del exterior, como en muchos otros casos.
La cita fue organizada por la Oficina Nacional de Vinos y Productos de la Viña (ONVPV) y la Asociación Rumana de Catadores Autorizados (Adar), en colaboración con SC Aser Consulting and Management y con el patronazgo de la OIV. El concurso fue sostenido por el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural. El director general de la ONVPV es Dorin Ştefan Duşa. Hubo 44 empresas colaboradoras y 21 “media partners”. Como habrán podido comprobar, para ser un catador oficial en Rumanía es necesario completar un curso y pasar un examen oficial del Ministerio.
Nuestro programa fue simple pero completo. Catas cada mañana en la Biblioteca Nacional de 9.00 a 13.00 horas. Luego una oportunidad para ver y catar todos los vinos degustados por todos los jurados (una idea excelente). A continuación, una comida en la famosa cadena de restaurantes La Mamma, los dos primeros días. Para la tercera comida, fue La Mamma la que vino a nosotros a la biblioteca. En las dos primeras tardes tuvimos visitas a viñedos.
Estas visitas fueron fascinantes e instructivas. Aprendimos, para nuestra sorpresa, cuánta inversión extranjera hay en el sector. Nuestra primera parada fue en la bodega Budureasca, propiedad de tres emprendedores rumanos y dirigida con mano de hierro por el británico Stephen Donnelly, formado en Davis (California) y que elaboró vino en Sudáfrica y en el Reino Unido antes de recalar en Rumanía.
Esa misma tarde todavía tuvimos tiempo para visitar la bodega La Certa (el lagarto), que es propiedad de un antiguo diplomático austríaco. Nos recibió muy amablemente su mujer y disfrutamos de una completa cata y de una deliciosa cena de bufet.
La segunda de las tardes la dedicamos a la visita de Bodega Davino, perteneciente a Dan Baluban, ciudadano rumano residente en los EE.UU. y que posee hoteles y restaurante; y, a continuación, la bodega Serve Ceptura. La primera, una pequeña bodega, nueva y a la última. La segunda, una gran bodega propiedad de la aristócrata viuda del fallecido conde Guy Tyrel de Poix, un noble corso y el primer inversor francés. El enólogo de esta bodega durante los últimos 20 años era uno de los jueces que estaba en mi jurado. No puedo evitar destacar su Cuvée Charlote, elaborado con variedades bordelesas, que es un gran vino, con estilo, pureza, elegancia y finura. Tras una gran cata de los vinos de ambas bodegas, disfrutamos de otra cena de bufet.
Entre el 70 y el 75% del vino que elabora Rumanía es blanco, en gran parte con algo de dulzor. El país cuenta con alrededor de 55.000 hectáreas de viñedo. A pesar de la inversión extranjera, más del 90% de los viñedos son propiedad de rumanos y una compañía tiene una enorme finca de 3.000 hectáreas, mientras que existen otras cuatro que cuentan con más de 2.000 hectáreas cada una.
El tercer día por la tarde hicimos un gran tour por Bucarest, en uno de eso autobuses descapotados de dos pisos. La lluvia torrencial que cayó nos envió a todos rápidamente al piso inferior, pero prevaleció el buen humor y la ruta finalizó con una fantástica cena en el casco histórico de la ciudad. Aunque yo me retiré a descansar a una hora relativamente razonable, los elementos más jóvenes de la comitiva continuaron de fiesta hasta bien entrada la noche.
Puesto que todos nos marchábamos al día siguiente, hubo discursos y ceremonias tras la última mañana de catas y yo tuve el honor de ser el encargado de dar las gracias a la organización del concurso en nombre de todos los jurados internacionales.
A pesar de que se cumplieron estrictamente las reglas y que todas las catas se llevaron a cabo con absoluta seriedad, lo cierto es que todo el certamen estuvo impregnado de un sentimiento de encantador familiaridad. La hospitalidad fue auténtica, cálida y atente. Ya que soy un anciano caballero, fui atendido como un bebé, me ayudaron a bajar y subir escaleras, llevaron mi equipaje y mimaron a mi persona hasta el extremo.
Mi más sincero agradecimiento a Alina Salceanu, quien nos cuidó en todo momento; a Marion, que dejó de lado sus tareas como banquera para ayudarnos; a Catalin Paduraru, directora general del concurso, y al profesor Dan Bobol, presidente del mismo, quien lo condujo con habilidad y eficacia. Fue una cata deliciosa, en la que se dieron a conocer los mejores vinos de Rumanía. Es un concurso que debe continuar y espero que me vuelvan a invitar como jurado.
Más información y palmarés en www.iwcb.ro
Traducción: Vicent Escamilla


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